El suicidio. Tan invisible como real.

La sociedad tiene una premisa irrefutable: si nadie lo cuenta, no existe.

En esta era de avance y tecnología todavía existe algo tan retrógrado como el concepto de tabú: aquello que ni siquiera es correcto mencionar. Su sola presencia es incómoda. Es una prohibición ancestral en un mundo de nuevas libertades.

La muerte es uno de esos tabúes. Ligada a la vida desde el primer latido hasta el último aliento, la muerte debería ser estudiada y comprendida como una parte de la línea vital, una parte triste y dolorosa, pero de necesaria comprensión y aceptación. Eso ayudaría en gran medida a que el duelo fuera un proceso más natural y menos traumático.

¿Quién habla con un padre que ha perdido a su hija de 8 años víctima de un tumor? ¿Y años más tarde, quién le pregunta a la madre cómo recuerda a esa hija? Pocos se atreven, porque es un tabú hablar de la mortalidad infantil. ¿Y quién habla con unos padres cuyo hijo de 17 años se ha suicidado?

La muerte por suicidio podría encabezar la gran lista de los tabúes. En España se suicidan un promedio de diez personas al día, casi el doble de víctimas que por accidentes de tráfico. Las campañas nacionales para prevenir los accidentes de circulación son constantes, sin embargo, a día de hoy, no existe un plan nacional para prevenir el suicidio.

El pasado 10 de septiembre se ha celebrado el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Durante ese día, en las redes sociales, se ha movido mucha información sobre cómo detectar y prevenir la conducta suicida, aunque el eco social apenas se ha notado. Después de ese día, poco más aparece. Artículos como éste recuerdan que poner freno a las muertes provocadas por suicidio es trabajo de todos, y no lo podemos limitar a un día. Diez personas al día son muchas personas.

Para entender el concepto de suicidio, primero conviene saber lo que no es. Conocer los mitos y las ideas erróneas que rodean la idea de suicidio es el primer paso para entenderlo.

  • Hablar públicamente del suicidio puedes provocar muchos suicidios. Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que la forma de comunicarlo puede generar un efecto negativo, transmitir información sobre ayuda o detección de conductas suicidas puede ayudar al colectivo más vulnerable.
  • El suicida es una persona con problemas muy graves. De hecho, es más frecuente que la conducta suicida esté más relacionada con la acumulación de pequeños problemas que con uno grande. La cuestión es que cada uno percibe la gravedad de diferente forma y lo que para uno puede ser algo nimio y con solución, para otro puede ser un punto de inflexión en su vida del que no cree poder salir.
  • Si alguien verbaliza su intención de suicidarse es que no lo va a hacer y sólo está llamando la atención. Las personas que tienen ideaciones suicidas lanzan un último mensaje de socorro antes de consumar el suicidio. El 80% de las personas que se suicidan han expresado con anterioridad sus ideas de suicidio.
  • Los suicidios se producen de forma impulsiva y sin advertencia previa. Todo lo contrario; el suicidio suele estar planificado, siendo muy pocos los casos en los que la víctima no anuncia ni advierte de sus planes.
  • El suicida es un enfermo mental. Posiblemente la frase más despectiva y alejada de la realidad. Es cierto que la población con trastorno mental se suicida con mayor frecuencia que la población en general, pero no necesariamente se debe padecer un trastorno mental para consumar el suicidio.
  • Los suicidas quieren morir. El suicidio no es la finalidad, sino el medio para conseguir algo: dejar de sufrir. Cualquier alternativa diferente a la muerte que le ofrezcamos a una persona con ideas suicidas será escuchada y recibida con esperanza.
  • Si le preguntas a alguien si piensa suicidarse, le estás incitando a ello. Es una de las grandes excusas para no hablar de ello. Sin embargo, hablar de ello con alguien que esté pensando en el suicidio, reduce el riesgo y previene la conducta suicida.
  • El suicidio sólo afecta a los adultos. Si bien es raro el intento de suicidio y el suicidio consumado antes de la pubertad, a partir de los 15 años las cifras se disparan.

Son muchas las personas que viven en la mentira porque les resulta muy doloroso reconocer que su marido, su hija o su padre no murieron en un accidente, o de un infarto, sino fruto de su propia mano. Es responsabilidad de todos sacar de ese pozo tan oscuro a aquellas personas que, por ignorancia o por vergüenza, no han podido elaborar un duelo normal tras la muerte de un ser querido.

La clave de todo: el suicidio se puede prevenir. Sin embargo, hay que estar atentos a las señales que nos envían las personas desesperanzadas, sin fuerzas para seguir adelante, sin ilusión por la vida. Porque si hay algo que quiere un suicida, es vivir.

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